Hoy he tenido un re-encuentro especial, de esos en los que te tienes que aguantar las lágrimas y la sonrisa se te escapa irremediablemente hasta los lóbulos de las orejas. Cuando sales de una reunión de trabajo de juventudes como la de esta mañana, ya te sientes satisfecho de por sí, pero lo que no te esperas es encontrarte en la barra del bar de
En el mismo lugar de los hechos, ahí estaba Txema con su mujer y su otro bastón. Dicen que los invidentes desarrollan los demás sentidos en la medida en que han perdido uno. Pues el caso de este buen hombre es que la compensación pareció derivar completamente hacia el oído. De tal manera que ha tenido hasta para regalar, para fortuna de este bloguero. Primero fueron solfeo y flauta, después el teclado con la orquesta, pasando por la trompeta y percusiones varias con la charanga. Estuvimos recordando las largas horas de ensayos en los bajos de su casa y repasando el devenir musical después de tanto tiempo.
Cómo no, la grata sorpresa fue que ni uno ni otro hemos abandonado la afición. Más mayúscula fue mi sorpresa al escuchar de su ajada voz que seguía actuando con la misma cantante con la que actuábamos cuando yo tenía 12 años, que había parado recientemente para dedicarse a su maternidad, pero ya tenía mono. Le hice un breve resumen de la actividad musical familiar, que le dejó satisfecho y me confesó que se apaña con suficiencia con los apoyos informáticos musicales que obtiene de Internet a su ya avanzada edad. Todo un lujo conocer a personas de este calibre: a ver quien se atreve a llamarles minusválidos.
Hasta luego, que seguro que nos volvemos a encontrar en breve.